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  • Foto do escritorOscar Nestarez

El gato en el hueco

Compartilho aqui a versão para o espanhol de "O gato no vácuo", meu conto publicado em 2019 na antologia Galeria Clarke de Suspense e Mistério, da editora Wish, com narrativas inspiradas em ilustrações que Harry Clarke fez para histórias de Edgar Allan Poe (a arte que me inspirou está ao final do texto).


A tradução foi realizada por Esther Gambi Giménez, do Centro de Estudos Brasileiros da Universidade de Salamanca.


Álvaro sujeta la cara Silvia muy cerca de la suya. La mira intensamente y permanece quieto dentro ella, para asegurarse de que no se desperdicia nada. Entonces, proyecta la cintura hacia delante una última vez. Se queda quieto un momento, y luego la besa y rueda hasta quedar tendido a su lado en la cama.

Silvia deja escapar el aire con un ronroneo, de esa forma que tanto le gusta a su marido.

-Te quiero, Al – le dice acurrucándose en su hombro – Me vuelves loca.

El marido sonríe.

  -Si depende de esta noche, creo que lo hemos conseguido.

Ella lo besa en el cuello.

-Aunque no sea así, podemos continuar intentándolo. Por la noche, por la mañana, por la tarde... ¡Por mí, estupendo!

Los dos se ríen. Se sienten vacíos y confiados. Desde el calendario de ovulación a la postura más adecuada, han seguido rigurosamente las orientaciones de la doctora Derci, la ginecóloga de Silvia. Así, llenos de esperanza, reciben al sueño de la misma forma en la que llegaron al orgasmo: juntos.


Días después, sin embargo, vuelve la frustración. Álvaro está preparando la cena cuando el ruido de la llave en la puerta de casa, inusualmente abrupto, lo alarma. Silvia aparece en la cocina con expresión de pesar. No hace falta que diga lo que pasa: le ha venido la regla.

El marido devuelve al plato el filete que iba a poner en la sartén. No logra ocultar su decepción. Ha perdido la cuenta de las veces que han buscado el embarazo.

  - Creo que lo mejor es que nos hagamos unas pruebas para descubrir de una vez qué pasa – deja caer, sabiendo que el tema es delicado. Silvia asiente levemente con la cabeza, mostrando su conformidad, y sigue en dirección al cuarto.

Ambos temían el momento de la revelación. Casi nunca habían hablado sobre la posibilidad, aunque cada uno, en su fuero interno, pensara en ella. En realidad, Silvia, médico anestesista, ya sospechaba el diagnóstico. En los últimos meses había leído artículos sobre infertilidad masculina y femenina, y había cruzado la información científica con las características de ambos. Pero no había comentado absolutamente nada con su marido para no preocuparlo sin necesidad.

Días después, están en la sala de espera de la doctora Derci para conocer los resultados. Cuidadosa como siempre, la ginecóloga se había hecho cargo de los análisis de Silvia y había derivado a Álvaro a un urólogo amigo suyo, al que solicitó un espermograma y una valoración hormonal.

La secretaria les hace pasar y, nada más entrar en la consulta, anticipan el diagnóstico. Normalmente alegre, la ginecóloga tiene una expresión grave; ella conoce como nadie el deseo de la pareja. En silencio, ambos escuchan el diagnóstico: las pruebas de Silvia han revelado una rara disfunción en la ovulación, que por alguna razón inexplicable no había aparecido en los análisis anteriores. La anomalía le impide concebir. Por su parte, los resultados de Álvaro son normales.

Esforzándose por parecer optimista, la ginecóloga pasa a ofrecerles algunas opciones. Pero ninguno de los dos quiere oírlas, no en aquel momento. El marido le da las gracias con un gesto de la cabeza y se despide, llevándose a Silvia, aturdida, por el brazo.

Para él no había diferencia; daba igual quién fuera el infértil. Tener hijos era un sueño de ambos, una ilusión compartida. Un proyecto anticipado en cada amoroso detalle con igual intensidad por la pareja. Tanto él como Silvia querían un niño y con frecuencia imaginaban juntos su carita: tendría la mirada de la madre, la nariz y la boca bien definidas del padre, el pelo claro y ondulado de Silvia. También fantaseaban con su habitación, con los amigos que tendría, los viajes que harían juntos, con sus novias (o sus novios, que a ellos les daba lo mismo), con su profesión... Soñaban a dúo, a coro, completando el pensamiento del otro con una naturalidad que los sorprendía.

Pero los sueños y las fantasías acaban de explotar. Álvaro se da cuenta en seguida de que le corresponde recoger los escombros que se van a amontonar en mayor cantidad sobre su esposa. Tiene que cuidar de ella para que la culpa no se una al dolor de la noticia. Él mismo está devastado, pero se impone el sentido del deber. Piensa que ocuparse de todo le puede ayudar a sanar también.

Álvaro reflexiona sobre su situación mientras corre por la avenida Sumaré, en la zona oeste de São Paulo. Es su ritual de cada domingo: recorrer los casi cuatro kilómetros de extensión de la vía, que en esos días está cerrada al tráfico rodado. El cielo está bajo y sombrío, hay buena temperatura. Silvia suele acompañarlo en bici, pero ha preferido quedarse en casa.

Lleva así un tiempo. Como había supuesto, su esposa está apática, casi no sale. Ha pedido un mes de permiso en el hospital en el que trabaja (un compañero psiquiatra le dio un diagnóstico de depresión). Álvaro no lo duda y él mismo está intentando reducir su agenda laboral para cuidar de ella.

A medida que disminuye el ritmo de la carrera, piensa en llevarle un regalito. Esas pequeñas sorpresas cotidianas siempre han funcionado. A lo lejos, en el aparcamiento de una gran inmobiliaria, avista a un grupo de personas entorno a lo que parecen ser unas jaulas.

Antes mismo de saber lo que pasa, la idea se apodera de él. Un pensamiento poderoso que se impone a los demás y los subyuga por completo. Es una pequeña feria de adopción de animales. Cuando Álvaro se quiere dar cuenta está mirando fijamente una jaula. En ella, hay un gato negro que le devuelve la mirada.

Corre hasta allí y pregunta por el animal. La veterinaria responsable, una simpática señora, le informa de que se llama Plutón, que tiene cerca de un año y está al día con las vacunas. Riendo, le explica que le puso ese nombre por alusión al planeta enano, ya que era el más pequeño de todos los gatos de su clínica. Luego, en tono serio, la veterinaria añade que habían rescatado a Plutón de un “lugar horrible”, la víspera de un martes y trece; seguramente sería sacrificado.

Los detalles bastan para convencer a Álvaro. Silvia ama a los animales y siempre está pidiendo que tengan uno. Pero a su marido no le emocionaba la idea.

No siempre fue así. Álvaro adoraba a los animales. Por lo menos hasta los dieciocho años, cuando fue testigo de la muerte de Athos, su braco de Weimar, atropellado cerca de la casa de sus padres por un coche que circulaba a gran velocidad en dirección contraria.

Desde entonces, creó una especie de “bloqueo”. Pero se acaba de convencer de que debe romperlo. El gatito le mira suplicante y es verdaderamente adorable. También le conmueve la dramática historia que le ha contado la mujer: si lo salvaba a él, el animal podía ayudar a salvar a su esposa.

Tras detallar la amplia casa donde vivirá el gatito y obtener el visto bueno de la veterinaria, Álvaro firma el contrato de adopción y compra un transportín y comida. Se despide de la mujer y camina lo más rápido que puede, acosado por el deseo de ver a su esposa. Plutón va dentro de la caja, en silencio.

Cuando llega a casa, encuentra a Silvia enroscada en el sofá. Parece dormir. Álvaro camina silenciosamente, coloca la caja a los pies del mueble y abre a la portezuela. Plutón comienza a maullar bajito y la despierta. Ella parece no entender lo que pasa, pero entonces su expresión se ilumina.

- Al ¡¿qué es esto?!

- Esto es Plutón. Nuestro Plutón - Sonríe a su esposa.

Silvia extiende la mano hacia el animalito. Espera a que éste la olfatee, la conozca y, entonces, con cuidado, lo saca de la caja y lo acuna.

-¡Es precioso! Y tan pequeño...

Se queda en silencio con el gato en el regazo, acariciándolo. Segundos después empieza a tragar saliva muy despacio; es su forma de expresar emoción. Sus ojos acompañan el gesto y se empañan. Silvia mira a Álvaro y le sonríe, por primera vez en muchos días.


La primera semana con Plutón fue alentadora. El gato es amigable, se adapta rápidamente a la nueva casa y, al contrario de lo que se presupone de la naturaleza felina, retribuye el cariño que recibe. Interactúa con sus nuevos dueños mediante roces, lametazos y ronroneos.

Silvia, en particular, se encariña inmensamente con él. Parece olvidarse de todo lo demás cuando está con el animal, hasta incluso del marido. Álvaro no le da mucha importancia; se siente aliviado en realidad, pues temía que su esposa se hundiese en una depresión aún más profunda. El sombrío tema de la infertilidad se aparca a un lado.

Diez días después de la llegada de Plutón, un lunes bien temprano, Álvaro está preparando el desayuno, soñoliento - él y su mujer se relevan a diario en esa tarea. Pero las tostadas se están enfriando y ella no aparece. Son las siete y doce, Silvia ya debería estar en pie por lo menos hace media hora.

Arrastrando las zapatillas, Álvaro atraviesa el pasillo que conecta la despensa con el dormitorio de la casa y se sorprende al encontrarlo todavía en penumbra. Su esposa duerme enroscada sobre sí misma, con Plutón a los pies. El gato levanta la cabeza al notar la entrada de Álvaro.

- Cariño, llegarás tarde... -le dice cariñosamente.

- Hoy no voy a trabajar – Silvia le responde en un susurro, la voz encharcada de sueño.

- ¿Cómo? ¿Pero no tienes que volver ya?

- He hablado con el de personal – Bosteza – He pedido unos días más.

- ¿Y no me lo has dicho?

- Está todo bien, he hablado con el psiquiatra.

Álvaro se siente confuso.

- Pero ¿por qué no has hablado conmigo? - la voz le sale en un tono más fuerte del que pretende, asustando a Plutón. Silvia se apoya en los codos y espeta, aún más alto:

- ¡Álvaro, no pasa nada! Son solo unos días, no he descansado bastante ¿Me dejas dormir, por favor? - se gira hacia el lado contrario, llevándose al gato con ella.

El marido permanece un rato frente a la cama, asustado. Su esposa no suele despertarse de buen humor, pero nunca había visto una reacción tan agresiva como esa. Al oírla roncando nuevamente, decide prepararse para salir. Hablarán por la noche.

No obstante, cuando vuelve a casa al final del día, Álvaro la encuentra como de costumbre: amorosa y dispuesta. Desde la cocina, Silvia le lanza un beso y le pide que salga de allí, pues está preparando una sorpresa. Él decide dejar la conversación para más tarde.

- ¿Y Plutón? - pregunta.

- No lo sé, hace un rato que no le veo. Debe estar en el dormitorio- dice ella, cogiendo algún ingrediente del armario- No te quedes aquí, ¡vete a buscarlo!

Sonriendo, Álvaro obedece. Encuentra al gato encima de la cama. Se quita los zapatos y se tumba para leer un poco; en cuanto se acomoda, Plutón se levanta y se va.

La noche fue maravillosa. Silvia preparó boeuf bourguignon, el plato preferido de su marido, con un esmero y un cariño sin precedentes. Para acompañar la comida abrieron una botella y después otra de uno de los vinos más caros de su bodega. Después, en el salón, hicieron el amor, despacio, con intensidad, la primera vez después de algún tiempo; y siguieron en el dormitorio.

Poco antes de dormirse, Álvaro recuerda que no ha visto a Plutón en toda la noche. Desde la cama, escucha revolotear a Silvia paseando desnuda por la casa, en busca del animal.

-Con que estás ahí, brivoncete – la voz de ella es distante, procedente del salón - Ven aquí... - desaparece a medida que Álvaro sucumbe al sueño.

Todavía es de noche cuando él se despierta con la boca seca. Extiende el brazo y no encuentra a su mujer. Sale a buscarla. Todas las luces de la casa están apagadas y él evita encenderlas para no despertarse por completo.

Cuando llega a la cocina, escucha un sonido bajo, agudo. Viene del cuarto de la colada: es la voz de Silvia. Álvaro va hasta allí y, gracias a la luz de la luna que atraviesa la pequeña ventana, distingue su cuerpo. Está de espaldas, sentada en el suelo. Su marido la llama, pero ella no responde.

Él se acerca y se da cuenta de que está tarareando en susurros. Una nana. Hay un pequeño cesto apoyado en la cadera derecha de su esposa, que ella mece lentamente. Dentro está Plutón.

El marido la toca en el hombro y Silvia parece despertar. En su mirada, Álvaro percibe el brillo de la furia, incluso en la oscuridad. Él duda e indaga sobre lo que está pasando, pero la mujer no responde; se limita a encararlo en silencio. Sigue así mientras saca al gato del cesto y se lo lleva fuera del cuarto de la colada.

Él la sigue atónito. ¿Qué ha pasado con la esposa maravillosa de hace unas horas? La respuesta es la puerta del dormitorio cerrándose de un portazo; ella echa el pestillo. Irritado, Álvaro golpea la madera, en vano. Después de mucho tiempo intentando entrar, decide irse al sofá del salón.

Casi no duerme.

Un poco antes del amanecer, va hasta el dormitorio e intenta abrir nuevamente la puerta: la encuentra abierta. La oscuridad es densa aún. Sin ver nada, oye un ruido tenue, un siseo.

-¿Sil?

Álvaro enciende la lamparilla de noche. En la cama, su esposa se exprime un pecho, cuyo pezón Plutón chupa con vigor. Tiene los ojos en blanco.

-¿Qué mierda es esta? - da un golpe violento en el colchón.

Silvia reacciona inmediatamente: protegiendo al gato con el brazo derecho, le enseña los dientes a su marido. Por la ranura que queda entre ellos, la mujer expele el aire con fuerza, emitiendo un sonido animal.

Álvaro se esfuerza por controlarse, por controlar el miedo que siente. Se acerca y la sujeta por los hombros.

  - Amor mío, ¿qué está pasando? ¡Soy yo! -suplica, sacudiéndola. Con el movimiento, Plutón se separa de ella y sale del cuarto.

Poco a poco, Silvia parece volver en sí. Escucha lo que le cuenta su marido y se muestra sorprendida, incluso atemorizada; no recuerda haber hecho nada de aquello. Pero se queja de que le duele el pezón derecho.

-Estás muy rara desde que adoptamos al gato, Sil- le confiesa Álvaro al final. Quería decírselo hace mucho tiempo. Ella acaba concordando con él; reconoce otros lapsos de memoria en los últimos días. Con paciencia y cuidado, su marido intenta convencerla de devolver al animal. Pero le oculta el resto de sus propios pensamientos: que, tal vez, su esposa aún no tenga la estabilidad psíquica necesaria para cuidar de una mascota.

- Voy a pensar en ello hoy, Al. Lo juro.

El marido se va a trabajar. Está cansado por la mala noche pasada, pero se siente aliviado; confía en el sentido común de su mujer. Y, si es necesario, puede convencerla de pedir otra cita a su amigo psiquiatra.

Vuelve a casa después de un día ajetreado. Llama a Silvia, pero no obtiene respuesta; debe estar en el baño. Al entrar en el dormitorio, el suelo le llama la atención: hay manchas oscuras en la alfombra. Álvaro acelera el paso hasta el baño y se detiene.

No hay nadie allí, pero la escena es repulsiva. Desperdigados por el lavabo y el suelo hay instrumentos quirúrgicos que gotean sangre. Pinzas, una tijera, agujas de sutura, una jeringa... y un charco rojo en la base del lavabo.

Se mueve por el baño con el estómago revuelto. Al agacharse para examinar las pinzas, oye un ruido procedente de la puerta. Álvaro se gira y enmudece de pavor.

Su esposa está de pie, desnuda, apoyada en el marco de la puerta. Plutón parece pegado a su torso, el cuerpo fijo entre los senos. Las patas y el rabo se balancean inertes, la cabecita está en diagonal, a la altura de la cara de Silvia, y también cuelga. Los ojos entreabiertos y la boca espasmódica dan a entender que el gato está agonizando. La mujer tiene una expresión devastada también; su cuerpo sangra en varios puntos.

Ha suturado a ella el animal; el dorso unido al tronco y la barriga de la mujer. A juzgar por la abundante sangre que hay en sus manos, la propia Silvia se ha ocupado del nauseabundo trabajo.

Entonces, la boca de su esposa se abre de par en par, un agujero negro en el rostro abatido. Ella intenta decir algo, pero Álvaro solo escucha un maullido – un largo y lloroso maullido- cuyo origen es incapaz de distinguir.



"O gato negro", de Harry Clarke

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